DOMINGO 11 DE DICIEMBRE DE 2016

13 de Diciembre 2016
 Padre Wilson Cobaleda
DOMINGO 11 DE DICIEMBRE DE 2016
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QUE FLOREZCA Y SE LLENE DE BELLEZA TU VIDA

Las lecturas de hoy nos llaman a la alegría –de ahí que a este domingo se le llame de ‘Gaudete’, palabra latina que traduce ‘alégrense’-. Y esta alegría surge por Aquél que viene, por el Mesías que nacerá. Ahora bien, las lecturas nos explican esta alegría aplicándola a la naturaleza, al afirmar que el desierto, el páramo, el yermo y la estepa se alegrarán porque florecerán y serán bellos. Esto resulta casi imposible de creer, pero en el fondo es una invitación a descubrir que aunque las esperanzas se diluyan, en Dios nuestra tristeza y sequedad pueden verse florecidas por su acción. Quisiera, entonces, tomar estos cuatro terrenos y equipararlos a tipos de personas:

 

El desierto es un lugar despoblado y deshabitado por las difíciles condiciones para que la vida perdure. Este lugar representa a quien se siente solo, olvidado por los otros, evitado por su manera de ser, pesimista y tentado a ver lo negativo antes que lo positivo en los otros.

 

El páramo  es un lugar con niebla y de poca vegetación por la altitud. Representa a quien elevado por su soberbia y su orgullo menosprecia a los demás y, creyendo que la razón solo la tiene él, vive entre nieblas que le distorsionan la realidad, que le impiden ver a Dios.

 

El yermo es un terreno sin vegetación e imposible de cultivar y representa a quien no encuentra frutos en su vida, ni cualidades suficientes, ni proyectos posibles qué realizar, por lo que vive sin esperanza, sin motivaciones claras, sin sentido pleno para vivir. Representa a quien es poco perseverante, a quien le falta empuje para hacer las cosas y a quien se desanima cada vez.

 

La estepa posee una vegetación de plantas aisladas y adaptadas a la sequedad, y representa a quienes, por tener malas relaciones interpersonales, ven cómo sus amigos y conocidos prefieren mejor tratarlos de lejos, sin comprometerse; parecen siempre prevenidos y a la defensiva, irritados e inconformes, resignados a sus errores, a su pecado, por lo que están condenados a seguir así.

 

Preguntémonos, entonces, ¿qué terreno somos? Pienso que, de algún modo, podemos ser uno de estos terrenos o tener algo de todos.

 

Ahora bien, la palabra nos dice que la venida del Mesías transformará estos lugares porque florecerán y se llenarán de belleza. ¿Cómo será posible esto? Por las obras que hará en medio de ellos el Mesías que viene. El Evangelio nos dice, primero, que el Mesías vivirá, obrará y hablará entre nosotros –por aquello de ‘lo que estáis viviendo y oyendo’ – y, segundo, que obrará buscando la promoción y plenificación de la vida humana, cosa que deriva de las palabras “dará la vista a los ciegos, la movilidad a los paralíticos, la salud a los leprosos, el oído a los sordos y la resurrección a los muertos.” En el fondo, las obras del Mesías apuntarán a salvar en todo sentido a la humanidad. Y difícilmente uno no se alegraría cuando la causa de la tristeza, del dolor, de la parálisis, de la ceguedad y de la muerte desapareciera por causa del Señor.

 

Por eso, el Adviento es esperanza, es renovación de nuestra fe, es una nueva posibilidad y, todo ello, por Aquél que viene. Venzamos, entonces, aquello que nos aísla, que nos hace sentir menos o más en exceso, aquello que nos mantiene en la soberbia, con poca fe, llenos de mundo pero vacíos de Dios, y abrámonos al amor de Cristo que viene. Él se hará uno de nosotros para que aprendamos que en Él nuestra vida alcanza el máximo sentido y que sus obras buscan solo una cosa: darnos la salvación. Deja de ser desierto, páramo, yermo o estepa; mejor, florece y llénate de belleza por la venida del Señor.

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